Los fantasmas del pueblo.
Categorías:
Suspenso (Oscuros) y Regular (Dimensiones).
Este cuento pertenece al libro: Susurros de muerte.
Tantos años que no había estado en ese lugar, su espacio de la infancia. Creció ahí, para luego marcharse y continuar su vida en una ciudad como cualquier persona que quiere pertenecer a una gran metrópoli, dejando atrás el campo, los valles y la naturaleza exuberante que solo se observa en pequeños pueblos.
Sus calles todavía conservaban las viejas piedras coloniales, no estaba pavimentado el suelo como en su urbe gigantesca. Caminó con cuidado, ya no estaba costumbrado a ese tipo de piso desnivelado y con obstáculos para sus finos andares.
Algunos aspectos eran más bellos en las pequeñas villas, como los atardeceres, el canto de las aves o la tranquilidad de una vida simple, con menos estrés y un ritmo de tiempo pacífico.
Llegó a su vieja casa, esa que alguna vez fue la punta de la civilización en el pueblo, el último grito de la modernidad. Ahora no era más que una colonia que se veía casi igual al resto de la villa. Terminó de recordar sus memorias alteradas del pasado, con emociones distintas a las que realmente vivió, mezcladas con esa nostalgia que mancha y deforma los sentimientos que sucedieron, alterándolos a un punto que puede llegar a ser irreconocible.
Salió con los papeles que necesitaba, después de darle un poco de limpieza a la casa abandonada. Se dirigió a la presidencia para pagar las cuotas anuales ante el gobierno y demostrar legalmente que todavía había dueños de esa casa. Tal vez no servía de mucho, pero no quería perder la oportunidad de venderla en el futuro o de reclamar en caso de que hubiese un incidente en su propiedad.
Subió a su auto y se marchó al pueblo, no estaba muy lejos el edificio al que tenía que llegar, en realidad, no muchas personas iban en vehículos, pues podían recorrer todo el lugar a pie sin ningún problema. Pero estaba tan acostumbrado a las largas distancias, que el hecho de no ir en su carro se le hacía ridículo.
Una vez que se estacionó, descendió y pagó su cuota gubernamental. Nada fuera de lo ordinario, todavía tenía algo de tiempo antes de regresar a la seguridad de su urbe enorme. Decidió darle una vuelta al pequeño pueblo que lo vio crecer. Quizá se compraría un helado como en el pasado, o simplemente se sentaría en una banca en el jardín principal.
Salió de la presidencia, dejó los papeles en su vehículo y decidió caminar al igual que lo hacían los demás, como alguna vez él también lo había hecho. Cruzó algunas calles bajo el sol abrazador, el piso disparejo y el polvo típico traído por los vendavales que descendían de los cerros circundantes.
Llegó al jardín principal, seguía estando igual que en el pasado, parecía que nada cambiaba en ese lugar. El atrio idéntico, los árboles con el mismo tamaño, el astro calentando todo como un horno, incluso los viejos con ropas andrajosas y sudorosas de campo se veían como si el tiempo no pasara. Quizá era algo típico de los ranchos, donde la mayoría están emparentados de alguna manera, eso explicaría el parecido tan notorio a pesar de los veinte años que separaban las circunstancias.
Lo que le llamaba la atención, no era el hecho de que físicamente todo cuadrara con sus imágenes infantiles, sino que nada estaba modernizado con la tecnología que había corrompido las ciudades. No se observaban celulares por ningún lado, las personas no pasaban llamando o viendo videos en redes sociales. La gente simplemente se sentaba a vivir, a existir en ese espacio sin necesidad de entretenerse en algo, no son como los citadinos que son incapaces de ver la tranquilidad del entorno.
Guardó su dispositivo, sentía que desentonaba; tal vez lo veían raro, pero nadie le hacía caso. Probablemente lo observaban como un turista que venía a visitar a la familia en el rancho y, como no tenía nada que hacer, fue al centro a perder el tiempo.
Permaneció un rato viendo a su alrededor, demasiada paz. Los árboles movían sus hojas de manera perezosa, incluso los pájaros cruzaban entre las ramas a un ritmo lento, las pisadas causaban un eco distante, y la luz del sol tamborileaba entre las sombras.
Se dio cuenta de que, al no estar acostumbrado a vivir en la tranquilidad, se estaba durmiendo. Todo porque siempre necesitaba estar ocupado, ya sea viendo algo en internet, chateando con cualquier persona o jugando en esos mecanismos pulidos para sacar hasta el último centavo de la gente de las ciudades.
Una vez que estuvo parado y notó que no se iba a caer por la somnolencia, avanzó con paso firme entre las rocas inconexas del suelo. Llegó a una heladería y pidió lo que más le gustaba de su infancia.
El jardín se encontraba congelado en el tiempo, comenzaba a acostumbrarse a que el momento del pueblo fuera nulo, así que ya no le importaba tanto. Lo único que mostraba vida, en la pintura de varias dimensiones, era él y su helado que se derretía con el clima. Las personas, animales y hasta los árboles no eran más que un bucle infinito.
Decidió ver a la gente, probablemente tendrían un caminar estandarizado, como si fuesen personajes de un videojuego. Su andar debería estar sujeto a un orden, recorriendo un sendero ya marcado, cruzando los puntos en un momento establecido y, después de terminar su circuito, volverían al mismo sitio.
Regresó a su anterior banca, el helado ya solo era un nombre del pasado, no quedaba más que un poco de barquillo y azúcar saborizada derretida en el fondo. Un señor de aproximadamente 50 años cruzó junto a él, sin voltear a verlo. Otra vez el extranjero era ignorado. Estudió las facciones del pueblerino para luego perderlo de vista, quiso saber si lo miraría cruzar por el mismo lugar en el futuro. Tal vez pasarían unos cuantos minutos o puede que horas enteras. No tenía todo el día, ni tampoco la paciencia para estar ahí esperando a que algo imposible sucediera.
Le dio risa su pensamiento mágico, no se podía creer que fuera tan infantil. ¿Cómo era posible que una persona real hiciera ese tipo de acciones, de volver nuevamente al punto de partida cuando hubiese terminado su andar programado?
Descubrió que su mente había sido contaminada con sus usuales problemas y rutinas de la ciudad, pensando en algo imposible dentro de la vida real. Lógicamente ese señor ya no volvería, tenía su propia vida y preocupaciones, era un ser independiente existiendo fuera de la mente del extranjero y, por ende, no seguía un orden predeterminado para un entretenimiento.
Sacó su celular para distraerse, pero lo guardó casi de inmediato. Había vuelto a caer en la rutina de la mayoría de las personas fuera de ese pueblo.
Se puso a reflexionar, ya que no conocía otra manera de entretener a su mente rebelde. ¿Por qué la gente no lo volteaba a ver? Sacó algunas conclusiones que creía que eran lo suficientemente lógicas. Puede que lo miraran como a alguien extraño, de la ciudad, un hombre en teoría «superior». Así que les daba pena tratar con individuos diferentes, con esos que los consideran como «inferiores e ignorantes».
Sintió lástima. ¿Realmente eso sucedía? Pensaba que sí, pues es lo que él mismo imaginaba; la gente de pueblo y rancho desconoce mucho de la cultura global y de las grandes urbes, donde los civiles están acostumbrados a ver extraños todo el tiempo. Creyó que su presencia perturbaba la tranquilidad del lugar. Lo que fue su pequeño espacio seguro de la infancia, ahora estaba siendo alterado por un citadino que se creía superior, aunque fuese de manera involuntaria.
Se levantó rápidamente, ya no quería seguir pensando. Caminó a gran velocidad hacia su auto, al menos, esa fue su intención. Su andar fue pausado, en cierto sentido, melancólico. Como si las piedras irregulares estuvieran impregnadas de una sustancia pegajosa que le impedían su transitar con la premura típica a la que estaba acostumbrado.
Veía el piso, algo que no solía hacer. Luego volteó hacia las paredes de adobe, de cierta manera, tenía el mismo aspecto del suelo. Objetos sin una forma definida, colocados uno junto al otro, creando un patrón casi aleatorio; cumpliendo una membrana que servía para dividir la naturaleza de las personas. La calzada tenía algunos huecos, al igual que los muros, se le figuraron ventanas a un pasado no construido; pequeños recordatorios de la modernidad colonial, vestigios entre lo silvestre y lo rudimentario.
Nunca había visto de esa manera a su pequeño pueblo. Empezaba a asustarse de sus propios pensamientos, era increíble lo que podía suceder en una cabeza después de desintoxicarse un poco de la rutina citadina. El tiempo y el espacio se distorsionaban, y no necesariamente por perturbaciones relativistas, sino por aspectos sensoriales de la mente.
¿Qué más le podía suceder si se quedaba ahí observando el nuevo mundo de su pasado? Quizá se volvería viejo, usaría ropas de rancho y comenzaría a recorrer el pueblo, huyendo de los ojos curiosos y disfrutando de la vida en un concepto único e irrepetible; conseguido solamente entre la fusión de la humanidad y la naturaleza.
Estaba acostumbrado a no mostrar sus emociones en la calle, algo primordial, no dejar ver su debilidad resultaba imprescindible para evitar el crimen. Por eso mismo no quería detenerse a medio camino, cualquiera podía llegar y aprovechar su situación de inseguridad.
Pero no había nadie.
Se paró, a pesar de que su interior le gritaba que siguiera su curso. El aire le faltaba, pequeñas manchas negras cegaban la periferia de su vista. Algo le sucedía, pero desconocía de que se trataba. Volteó al piso, solo que eso lo mareaba. Cerró los ojos, pero los abrió de una manera casi inmediata, parecía ilógico su reaccionar, no corría verdadero peligro. Viró la mirada a uno de los huecos que tenía a su izquierda, donde el adobe se había derruido y las trazas terregosas recorrían enervando la pared. Creyó notar todo más oscuro, como si el día se hubiera dado cuenta de la hora y decidiera que ya debía de ser de noche. Sin duda se iba a desmayar.
Algo verde, espeso y pegajoso, comenzó a brotar de las arterias del muro. Una especie de neblina no del todo gaseosa, con un color a moco de alguien con gripe, pero lo suficientemente áspera para no desprenderse por completo del adobe. Palpitaba y brillaba al mismo tiempo. Parecía agua hirviendo cuando todavía tiene consistencia líquida mientras transita a un plano etéreo.
Una voz a la distancia.
Prestó más atención a lo que veía, pues era incapaz de voltear a otro lado. No estaba seguro de lo que estaba haciendo, se sentía como un espectador en un sueño imposible. Los gorgoteos de la sustancia pegajosa formaban oraciones que iban cobrando más sentido, le estaban tratando de comunicar un mensaje que parecía venir de otra dimensión.
—Quédate. Únete al pueblo.
Abrió los ojos más de lo que parecía ser humanamente posible, sin embargo, por más que viera aquella imagen repulsiva, no escucharía mejor. Así no funcionaban los sentidos, aunque parecía cobrar relevancia, esa forma de actuar, en situaciones igual de extraordinarias.
Las burbujas tronando, emanaban un gas verde, derritiéndose en la pared, esparciéndose hacia los recovecos de unión entre los bloques derruidos. Estos seguían creando ecos lejanos. ¿Qué era eso?
Continuaba con la mano en la pared, sin embargo, esa sustancia se aproximaba cada vez más a su delicada piel. Se comenzó a doblar sobre sí mismo, algo le dolía, no sabía que era. No quería entrar en contacto con el líquido gaseoso. Ya no deseaba seguir en el pueblo.
—¿Qué eres?
—Somos.
Le había hablado a la mancha gorjeante y esta fue recíproca. Una sensación de adrenalina, mezclada con terror, le hizo desentumir los pies y trastabillar lo suficiente para alejarse un par de pasos de su alucinación. Fue a vomitar junto a un árbol: una consistencia viscosa de color similar a lo que se derretía en el adobe. No sabía si le daba más asco haber tenido eso en su interior, o que fuera tan similar a la «cosa» fantasiosa que le respondió.
De inmediato, sintió una liberación que se mezcló instantáneamente con vergüenza cuando analizó su alrededor. Por fortuna, no había nadie que lo estuviera viendo.
Así que ahí se encontraba, recargado de un árbol, encorvado y con el desagradable desecho lo suficientemente cerca como para mancharse ante cualquier paso en falso. Se alejó un poco, el estómago seguía sensible, pero ahora estaba mejor. La mancha de la pared había desaparecido, lo notó hasta después de acumular el suficiente valor para voltear.
Caminó después de unos cuantos segundos, para él, fue un tiempo indefinido. Llegó a su auto y se subió rápidamente. Seguía mareado y con ascos. Puede que estuviera intoxicado por el helado, probablemente había inhalado algún desecho aviario. No estaba seguro. Permaneció en el asiento con la puerta cerrada, se mantenía recargado en el volante con los ojos cerrados. Sentía que el exterior le daba vueltas y que, en cualquier momento, tendría que volver a salir para liberarse una vez más de la sustancia imposible de color verde. ¿Qué le había dicho?
—Somos.
Ese pensamiento le generó escalofríos en todo el cuerpo.
El sol le daba de lleno y el calor del interior comenzaba a afectarle. Abrió la ventanilla y volteó para afuera. Nada, ni nadie.
Probablemente había aspirado una sustancia podrida en su casa abandonada, puede que algún animal muerto estuviera escondido en cualquier rincón y eso le hubiese causado el malestar. Sí, eso debía de ser.
Le pareció divertido. Se hizo una analogía de lo más extravagante en su frágil mente. Estuvo en contacto con un ser fallecido y ahora había estado viendo gente y sucesos que no pertenecían al mundo de los vivos. Eso explicaría el hecho de que nadie lo observara, además de que todos parecieran ser sacados de épocas pasadas. ¿Cuál sería el motivo de la sustancia verde?
Tal vez la muerte ya lo sentía seguro y por eso no le prestaba atención. Cuando su cuerpo sintió el helado y las toxinas en su interior, reaccionó para liberarse de las garras del más allá y así volver al mundo de los vivos. Entonces, pensando para sí mismo en una alucinación digna de alguien sin nada de sobriedad; los fantasmas vieron que estaba escapando de su realidad y decidieron convencerlo por medio de distintos mensajes, hablándole y pidiéndole que no los dejara. ¿Tenía sentido? Podía ser, nadie había vuelto del espacio funesto para decir como es.
Quizá la mancha verde, no era más que almas de espectros atrapados en el pueblo, saliendo de las paredes que tantas veces los vieron pasar. Atrapados en la eternidad, para intentar escabullirse cual sangre evaporándose de entre las juntas de adobe, buscando otra persona para que se les uniera en su andar atemporal en un espacio inexistente.
El colmo de la locura.
Se sintió atrapado, no quería permanecer ahí. Arrancó el auto al tiempo que soltaba un soplido con un olor pútrido de su interior, puede que fuese el espíritu del animal que se había impregnado en su cuerpo, saliendo para que no lo llevaran fuera de su casa, del lugar al que pertenece y con los seres pegajosos, gaseosos y verdes que moran dentro de las paredes.